miércoles, 7 de diciembre de 2022

Romance de Zelinda y su galán

 

Romance de Zelinda y su galán

viernes 17 abril 2020

Ante el balcón de Zelinda—galán se pasea Zaide

a la espera de que salga—y sus quejas expresarle.

Salió Zelinda al balcón—que más hermosa no cabe,

cual luna llena de noche—o como el sol más radiante.

—Buenos días tengas, mora. —A ti, moro, Alá te guarde.

—Escucha, Zelinda mía,— escúchame por un instante,

Presta atención a mis quejas—guarda pa’ ti los desaires:

¿Es verdad lo que le han dicho—tus criados a mi paje,

que con otro hablar pretendes— y que a mí quieres dejarme?

Y por si eso no fuera—suficiente y ya bastante,

¿por un turco mal nacido, —hijo de una mala madre?

No quieras tener oculto—lo que tan claro se sabe,

Que es, la mentira, muy fea—asquerosa y despreciable.

No quieras de ese defecto—hacerte presa y culpable.

¿Te acuerdas que me dijiste, —en el jardín la otra tarde,

«tuya soy, tuya seré, —y tuya es mi vida, Zaide?»

Quien no cumple sus promesas—es traidora y despreciable.

Reconvenida, Zelinda—en sí de enojo no cabe,

Echa chispas por los ojos—y casi le da un ataque;

¿Cómo se atreve aquel necio—la conducta a censurarle?

Ella es una mujer libre—que hace lo que le place

E imposición no tolera—lo que se dice, de nadie.

Su voluntad es soberana—y que los otros se aguanten.

Le cierra pues el balcón—y al hombre planta en la calle.

El turco, que la escena ha visto—tira al suelo su turbante,

y con voz atenorada—le dice así sus pesares:

— ¿Quieres que vaya a buscarlo—donde se oculte y se guarde,

y te traiga la cabeza—del que ha osado así hablarte?

¿O quieres que lo persiga—por tierra, mares y aire

Hasta que al fin lo encuentre—y a tu presencia lo arrastre?

¿Quieres que suba hasta el cielo—y que justicia demande,

y que defienda tu causa—y que el desquite reclame?

Dime qué quieres que haga—qué te gusta y te complace,

estoy dispuesto a servirte—hasta que muera y la palme.

— ¡Caramba con el sujeto!— ¿Quién hay que se le compare?

¡Un esclavo voluntario!—Eso sí que es tener ‘chance’.

¡No seré yo quien se queje—pues que las cosas son tales!

-para el coleto se dice—Zelinda, de buen talante.

Por otra parte el galán —indiferente al desplante

terco en su rara locura —siguió haciéndole la calle.

Que los hay que empecinados; —llevan tan lejos su aguante

que no se apean del macho —y de la burra no caen

aunque les saquen un ojo —o las cuarenta le canten.

Sostenella y no emmendalla —y no ceder ante nadie

es deber de bien nacido —y de criado en pañales

de púrpura u otro tejido —que más os guste y le cuadre.

Zelinda va por la vida—causando muchos desastres,

Pero eso a nadie le importa—cada cual vaya a su aire,

Que hoy la libertad se impone—y al que le pique, se rasque.

martes, 6 de diciembre de 2022

Romance de doña Arbola y su suegra

Romance de doña Arbola y su suegra

sábado 18 abril 2020

 Un día igual que los otros —Arbola se paseaba

sin inquietud en la testa, —pensando en las musarañas

cuando sintió los dolores—del parto que se anunciaba.

— ¡Ay, Dios mío! ¿quién me ayuda? — ¿quién me socorre y prepara

para pasar este trance —y aliviar la hora amarga?

¡Qué Jesucristo y la Virgen—en esta hora me valgan!

-así rogaba la joven—que a parir se preparaba.

La suegra que en un rincón —a escondidas la escuchara,

salió de inmediato al quite —para de encima quitársela,

de ella desembarazarse—y mandarla a freír gárgaras

do la tabarra no diera—ni hubiera que soportarla;

pues harta de sus antojos—y hasta el moño cansada

de a su lado tenerla—toda la larga jornada,

la ocasión no veía—de lo más lejos mandarla

que se pudiera fingiendo—hacerlo por buena causa: 

—Arbola, vete a parir;—de tu santa madre en casa,

do no te vea ni oiga—ni me des ya la tabarra;

que ella te ature y te acoja, —si es que no está más que harta

de tus melindres y quejas, —de tus caprichos y ansias;

por tu marido no temas, —le haré yo misma la cama;

y si quiere ropa limpia, —se la daré ya planchada.

No se esperaba la joven—tal retahíla y tirada,

agachó pues la cabeza—y aguantó la tronada.

A la noche llega Pedro—y lo primero que indaga

es donde está la Arbola—su presencia le hace falta.

— ¿Mi Arbola, dónde está? —mi mujer ¿dónde se halla?

pregunta con voz potente—a su madre agazapada

en un rincón, temerosa—de aquella mala trastada

que le jugara a su hijo—a traición y solapada.

—Arbola está con los suyos—pues me ha llamado tunanta

hija de muy mala madre—cerda, cochina y marrana.

Intolerables insultos, —al orden hay que llamarla,

responde ella al momento—haciéndose pasar por santa.

Sin querer ir más a fondo—ni a su madre disgustarla,

monta en silencio el caballo—y en busca va de su amada

a poner la cosa en claro —y hacer lo que haga falta.

A la salida del pueblo—a la comadre encontraba.

—Enhorabuena, mi yerno,—padre de un hijo sin tacha

que ha pesado cuatro kilos —no más puesto en la balanza.

—Bien venido sea el niño;— su madre habrá de pagarla

si ha ofendido a la mía—porque le dio la real gana.

Sin añadir más razones—se va directo a la casa

donde reposa Arbola—ajena a lo que se pasa,

y al verla no más le dice—le ordena y le comanda:

—Levántate, esposa mía,—vamos de vuelta a la casa

hecha un desmadre sin ti—sin barrer y abandonada.

Desfallecida, la joven—responde dócil y mansa:

—¿Cómo quieres que obedezca—y abandone la cama

si acabo de dar a luz—y tengo la fiebre alta?

De dos horas de parida—no hay mujer que lo haga.

Se niega él a oírla—y la conmina y le manda

que al punto lo obedezca—y se deje de chorradas:

 —Álzate ya, mi Arbola,—mantén la boca cerrada,

no me repliques ni hables, —coge tus cosas y marcha.

Se ha levantado Arbola—muda, sumisa y callada;

han andado siete leguas—sin decirse una palabra.

Al fin, no pudiendo más—ha tirado él la toalla,

se ha dado él por rendido—y ha tomado la palabra

para decirle sereno—con voz lenta y mesurada:

— ¿Por qué te callas, Arbola? —Arbola ¿por qué no hablas?

— ¿Cómo quieres que te hable, —parida y ensangrentada?

adusta responde ella—y la razón no le falta.

La sangre que voy perdiendo—moja el caballo y lo baña.

¿Es que no te das cuenta? — ¿O es que no quieres dártela?

Mas él se obceca en su yerro—no quiere él escucharla

y en sus propósitos terco—de este modo la amenaza:

—Calla la boca, Arbola—no añadas ni una palabra;

a escucharte me niego;—de aquí nadie me saca;

qué los diablos me lleven—si no te hago pagarla

la ofensa hecha a mi madre—santa entre todas las santas.

Pide perdón, mi Arbola;—que a punto estás de palmarla,

pues detrás de aquella ermita—que allá se ve en lontananza

te daré tu merecido—porque no puedas contarla.

Pase a todas las protestas—de que ella hizo gala,

erre que erre en la suya—hizo él lo que planeaba.

Cuando de vuelta a su pueblo—tranquilo se encaminaba,

he aquí que de una aldea —tañendo están las campanas.

— ¿Quién ha muerto, quién ha muerto?—pregunta la muchachada, 

que quiere saber, curiosa, —de cuál asunto se trata.

Se trata de que injustamente —ha sido una, asesinada,

por la falsa acusación—de una suegra avinagrada

que no quería cargar—con una nuera preñada.

—A esa abuela asesina,—quisiera ver reventada,

comida de los gusanos—y hecha una pura piltrafa,

se oye la voz del niño; —recién nacido, ya habla.

Que un bebé juzgue y condene —es cosa que mucho espanta.

Nunca se ha visto parejo —en toda la Tierra ancha. 

domingo, 4 de diciembre de 2022

Romance de la aparición

 

Romance de la aparición

domingo 19 abril 2020


— ¿Dónde va usted, caballero? — ¿Dónde va usted por ahí

tan triste y meditabundo —e inclinada la cerviz?

—Voy en busca de mi esposa —que hace años no la vi;

tengo nostalgia de ella —de sus ojos y nariz;

nadie la tuvo tan bella —larga quizá un poquitín.

—Su esposa de usted se ha muerto —un día del mes de abril,

de un berrinche maligno — al que yo misma asistí;

algo la contrariara, —no lo pudo resistir.

En su sepelio yo estuve —y parte del duelo fui;

y para que usted me crea —detalles puedo añadir

que refuercen lo que digo —y de verdad den cariz:

era cerúlea su cara —los dientes como el marfil

que son lo que más resiste —y se transforma en fósil;

el pañuelo a la cabeza —jamás otro igual no vi;

a hombros la transportaban — cuatro duques de postín;

Tocaba la marcha fúnebre —un cuarteto, y el violín

hiciera llorar a una piedra —que acertara a lo oír.

—Haya muerto o no haya muerto, —a su casa quiero ir

a saludar a sus padres —y bajar luego al jardín

donde los dos paseábamos —y donde fui tan feliz.

A la sombra de un manzano —el primer beso le di

y el primero me dio ella, —me dijo, y la creí,

Sale una sombra a mi encuentro — la escalera al subir;

mientras yo más me apartaba, —más se acercaba ella a mí.

—Cálmese usted, caballero; —y no le dé el frenesí

que suelen dar los fantasmas —como los nórdicos djin,

Yo soy su esposa querida, —que hace un año fenecí.

Los brazos que lo abrazaban —a la tierra se los di;

la boca que lo besaba —fue de gusanos festín.

Vuelve a casarte, mi hombre, — y no llores más por mí;

Ahorra esas tiernas lágrimas —que no son dignas de ti;

llama a tu hija primera —Rosa de pitiminí,

para que cuando la nombres, —creas que yo reviví.

jueves, 1 de diciembre de 2022

Romance de la infanticida II

21 de abril de 2020, romance de la infanticida-2 


A un padre contaba el hijo —lo que en la casa pasaba:


—Escucha, padre querido, —escucha, padre del alma,

guarda que los dos se burlan —y se lo toman a guasa,

pues que el vecino y mi madre —comparten sofá y almohada;

ella te pone los cuernos, — traidora y desvergonzada,

no siente remordimientos —ni se arrepiente de nada.

Te convendría hacer algo —la situación no me agrada.

El padre no hacía caso —de lo que el niño contaba;

la fiesta en paz prefería, — no quiere él saber nada

y esconde cual avestruz —la cabeza bajo el ala.

Ha de salir de viaje —pues es tiempo de rebajas,

hay una oferta de seda —que pasó de temporada.

Llegó a oídos de ella  —que el hijo la denunciaba

Y sin cortarse ni un pelo  —tomó en el asunto cartas.

Mientras el padre está ausente —al niño ella degollaba,

con un cuchillo de acero —templado en aceite y agua,

más duro que el pedernal — y afilado cual navaja,

y le sacaba la lengua —y a los perros se la echaba;

los perros se compadecen, —y del suelo no la alzan,

que a veces los animales  —de virtud lección nos daban

De las entrañas del niño —prepara una cazuelada,

para ofrecerla al marido —tan pronto como regresara.

Al otro día temprano —el padre a la puerta llama,

lo primero que pregunta —es por el hijo del alma.

—Siéntate, Francisco, y come,  —que el niño en la calle anda

y como es tan pequeño, —en los recados se tarda.

Echando la bendición,  —la carne en el plato habla:

—Detente, padre, detente —porque más lejos no vayas

y tengas que arrepentirte —más tarde de lo que hagas;

a punto estás de comerte — al hijo de tus entrañas;

a la madre que me has dado — ¿qué esperas, que no la matas?

Merece que la degüelles — o que pedazos la hagas

por traidora y mal nacida, — falsa, cruel y desalmada,

con un cuchillo de acero —o de dos filos un hacha.

Oyendo la madre esto —se ha encerrado en una sala,

y llama al demonio a voces —que se la lleve en volandas,

a donde nadie la encuentre, —a donde nadie la alcanza.

Tras de la puerta el demonio —pronto y listo la acechaba:

— ¿Qué quieres, mujer de bien, —que tan aprisa me llamas?

Heme aquí pronto a servirte —dime qué quieres que haga.

—Que me agarres de los pelos —y me arrastres por la sala

y me lleves al infierno, —o donde mejor le cuadra;

pues horroroso es mi crimen —y nadie lo perdonara.

Sin demorarse un instante, — él de los pelos la agarra,

la lleva de un lado a otro, — la zarandea y la arrastra,

y de tal modo se empeña —y la golpea y maltrata,

la deja para los restos —la zurra y la desbarata,

que aquello fuera un desastre —una hecatombe y desgracia.

Cuando acudió la justicia —a poner orden y calma

en aquel batiburrillo —sin ejemplo en la comarca,

halló el cuerpo hecho pedazos —mas desprovisto de alma,

que en los profundos infiernos — a penar ya comenzaba.

Tal es la suerte que espera —a quien del cesto se salga

porque atenerse no quiera —a vida justa y reglada

y prefiera en cambio hacer —su real y santa gana,

lo que le sale de ahí, —lo que le peta y le cuadra,

sin de Moisés tener cuenta —los Mandamientos y Tablas

que, cual si nunca existieran, —por el sobaco se pasa.

Así termina la historia —de aquella mujer nefasta

que prefirió condenarse —a ir de buena y santa.

Hay de todo en este mundo —la libertad es sacrosanta.


Romance de los hijos del rey moro

 

Romance de los hijos del rey moro


 El rey moro tuvo un hijo—al que Tarquino  llamara,

Y este Tarquino, su hijo, —se enamoró de su hermana;

ella se llama Tamar —mayor incesto no haya.

Viendo que ser no podía, —cayó enfermo en la cama

y fue el padre a visitarlo—a ver lo que le pasaba.

— ¿Qué tienes, hijo Tarquino? — ¿Qué tienes, hijo del alma?

Te noto descolorido —dime por Dios qué te pasa.

— Que estoy caliente, mi padre —y de joder tengo ganas.

— ¡Caramba con el muchacho! —Con el muchacho ¡caramba!

Pues sí que estamos jodidos. — ¡A ver quién l’ardor le calma!

—se dijo aquel padre amante —rascándose cabello y barba.

Mientras estaba perplejo —mientras qué hacer meditaba,

Ofrecióle por de pronto —un tentempié y cuchipanda

Expresada en estos términos —claros donde los haya:

—¿Quieres un guiso de carne? —¿Quieres que un ponche te haga?

¿Quieres quizá otra cosa, —algo que a mí se me escapa?

No vaciles en decírmelo —que estoy como quien dice, en ascuas.

Dime qué te apetece —y mandaré te lo traigan.

—Pues que así sois de gentil —amable y de buena pasta,

dejad que abra la boca —y os desnude mi alma:

lo mismo da, padre mío, —lo mismo da lo que traigan,

si me lo trae en persona —mi queridísima hermana;

y cuando ella viniere, —que no venga acompañada.

—Así se hará, hijo mío, —tu voluntad es sacrosanta,

Nadie dirá que un mal padre —es este que te acompaña.

Y sin decir más preámbulo —mandó recado a la hermana

De aquel hijo afiebrado —que al parecer salió rana.

Mas como era en verano—y el calor achicharraba,

con poca ropa ella viene, —acude en enaguas blancas.

Era muchacha aún muy joven —y ningún mal sospechaba

De miembros de su familia —ni de su hermano del alma.

Pero el hermano querido —de otra forma lo miraba:

Apenas la ha visto entrar, —como un león se abalanza

sobre la tierna doncella—por nadie aún desflorada,

la coge con frenesí, —la tiende sobre la cama

y en menos que dura un credo —la posee y la desgracia;

la toca y la manosea —nunca de hacerlo se cansa

hasta que falto de fuerzas —la suelta y por fin descansa.

Ya remató la faena —su lujuria está saciada,

le entran remordimientos —como a menudo pasa,

cuando hacemos algo mal, —cuando metemos la pata;

cuenta se da arrepentido —de que el crimen nunca paga

y que el que juega con fuego—siempre se quema y se abrasa,

o como el dicho sostiene— ¡a buen tiempo, verdes mangas!

Mas cual sucede a menudo —con frecuencia más que harta,

curándose en salud—con el mochuelo a otro carga:

—Culpa ha sido de mi padre —que aquí a sus deberes falta

de dar ejemplo a sus hijos —de moral estricta y alta.

Por otra parte, soy joven, —y el joven hace burradas.

Así pues si algún castigo —merece mi yerro y falta,

Sea él a soportarlo, —en mi cabeza no caiga.

Búsquense en mis verdes años —móvil, origen y causa.