jueves, 6 de febrero de 2020

Romance del Brexit


A punto de dar las cuatro —de esta tarde de abril,
me puse a darle vueltas —y vueltas en el magín
a la cuestión hoy candente —del Reino Unido el Brexit.
¿Por qué le ha dado al británico—por responder con un ‘sí’
a una cuestión tan compleja —como la de decidir
si en la UE quedarse—o de la UE salir?
Sin saber las consecuencias—si la respuesta era un’sí’.
Que fueron manipulados—es obvio, cabe decir;
que los llevaron al huerto—tirados de la nariz,
Eso nadie lo discute—ni el más tonto o cerril.
Les pasaron por los morros—el ‘derecho a decidir’
Igual que los catalanes—quieren a España escindir.
Con ese capote rojo—se los llevó al redil.
¡Qué derecho ni derecho! —¡Es un engaño, infeliz!
¿Es que acaso no lo notas—que te quieren oprimir?
Si abandonas la UE—serás más libre y feliz
Que no lo eres ahora—antes de este Brexit.
te dijeron los que mandan—para burlarse de tí.
Los inmigrantes te quitan—el pan con el que vivir
y los puestos de trabajo—serán menos para ti.
Oh, argumentos falaces—que no podrán corregir
los males de que padece—esta sociedad civil
y cuyas causas remotas—están muy lejos de aquí.
En puridad se reducen—a la actitud mercantil
de las nuevas sociedades—que hoy nos toca vivir.
Caro lo habréis de pagar—los que votásteis el ‘sí’,
Que nada cambia veréis—y bajará vuestro PIB.
Cuando caigáis en la cuenta—será tarde el repentir.
Hay en el UK una clase—una clase directriz,
Que os domina y maneja—a su querer y sentir.
Siempre han mandado ellos—y siempre será así.
De una parte los pobres—de otra parte los ‘rich’.
Con una brecha profunda—que no podéis reducir
porque el sistema es quien manda—sin poderlo discutir.
Cuanto más grande la tarta—más migajas para tí.
Te dicen esos hipócritas—sin una ceja batir.
Por otro lado los otros—también se mofan de ti
Diciéndote agoreros—lo mucho que vas a sufrir
Si se imponen los que quieren—de la UE salir.
Para alarmar al que vaca—indiferente al Brexit
Sin que le importe una mierda—ese maldito Brexit
Sin que le importe un comino—una iota ni un pelín,
Ese aderezo a la moda—de platos hoy de postín
Atentos pues a la Historia—si no queréis repetir
Los errores cometidos—antes de este Brexit.
Se dice que la Gran Guerra—fue una especie de Brexit,
Un contubernio maligno—de esa malvada ‘elite’
Que un peligro veía—en el triunfal resurgir
de la Alemania de entonces—para el imperio ‘british’.
Los que a la sazón mandaban—entre ellos Roberts Cecil
Armaron una conjura—para tal triunfo impedir
Y con arteras celadas—la llevaron a incurrir
En la catástrofe aquella—para jamás repetir.
Aquel conjurado dijera:—No podemos permitir
que nadie le haga sombra—a nuestro imperio british.
Y fomentó la masacre—que a todos hizo gemir.


Romance del Conde Flor


A cazar sale el Rey moro,—ya sale de cacería
una mañana de agosto—antes de romper el día,
como hacía el Gato Pardo—en su Sicilia nativa
cuando al noble reemplazaba—la naciente burguesía;
lo ha contado Lampedusa—con singular maestría
en obra imperecedera, —en obra perenne y viva.
Se lo encargara la mora,—que le trajera una cautiva
mejor si hija de Condes—o de Reyes de Castilla;
quién a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija,
dice el refrán castellano—sin que no lo contradigan.
Hallaron al Conde Flor,—de vuelta de romería
a San. Salvador de Oviedo—y Santiago de Galicia;
en el trayecto al sepulcro—lo ha acompañado su hija
que de él no se separa—y va adonde él le diga.
Los moros, sin más razones,—le exigen que se rinda,
pues lo superan en número—por una gran mayoría,
a lo cual él se niega—pues ni por pienso lo haría.
—Sea como lo quieres—le dice aquella partida
de desalmados guerreros—con la mayor sangre fría,
y sin más contemplaciones—le quitan allí la vida,
ya la cabeza le cortan—y en un pozo la metían,
porque nadie la encontrara—ni de ella diera noticia,
mientras con piedras del campo—lo que quedaba cubrían.
En tanto que maniatan—a la infortunada hija
y allí mismo, sin más trámite, —de su libertad la privan,
que así suele suceder—sin solución a la vista,
a quién por su mala suerte —le toque ser ya la víctima.
La meten en un navío—rumbo a la morería
y ya salen a la mar,—lo hacen a toda prisa
porque el hierro hay que mallarlo—mientras al rojo brilla.
La mora, desque lo supo—salió alegre a recibirla,
montada en caballo blanco,—y regiamente vestida,
que es florón de los nobles—mostrar en todo cortesía.
La llevaron a palacio,—lloraba a lágrima viva
porque es duro nacer libre—y de pronto ser cautiva.
Encinta estaba la mora—la esclava encinta venía;
y lo quiso Dios del cielo—ambas parieron un día
en que los buenos augurios—fortuna y paz predecían..
La partera era una bruja,—malvada hada madrina,
y atendiendo a su provecho, —por pedir al Moro albricias,
usando de malas mañas—cambió niño por niña;
entregó el niño a la Mora—y la niña a la cautiva.
La reina mora contenta,—levantóse al otro día:
la cristiana, acongojada—a los veinte aún no podía.
—Levántate, tú, la cristiana;—ve a bautizar a esa niña,
como mandan tus creencias—y te impone la doctrina.
Respondióle la cristiana—bien oiréis lo que decía:
—¡Con lágrimas de los ojos—la bautizo cada día!
respondióle ella al momento—sin olvidar una sílaba;
si estuviera en mi tierra—eso es justo lo que haría
y le pondría el nombre—de una hermana que tenía
allá lejos en mi tierra, —en la remota Castilla;
se llamaba Blanca Flor,—igual que una margarita;
pero un día infortunado—en que a solas recogía
las hierbas para lavarse—de san Juan la mañanita,
cayó en manos de moros—que la llevaron cautiva
a do viven los paganos—a tierras de morería.
—Diga, diga, ¿esa tu hermana,—diga, que señas tenía?
 —Tenía en el lado diestro—una verruga maligna,
 y su pelo rubio y largo—hasta los pies la cubría
como según se nos cuenta—cubría a lady Godiva,
la esposa legendaria—de un reino por allá arriba
en donde reinan las brumas—y vivieron los druidas.
 —Por esas señas, cristiana,—¡Eres tú la hermana mía!
Le echó los brazos al cuello,—llorando cual poseída,
que tales cosas suceden—muy raramente en la vida.
—Vete a la iglesia cercana—hoy transformada en mezquita,
y por tu propia mano,—bautiza pronto a esa niña,
porque de no hacerlo así—al limbo ya la destinas
no sea que se nos muera—lo que del cielo la priva
y la condena a quedarse—en el limbo mientras viva.
Respondióle la cristiana:—¡Dudo que el rito valdría,
porque renegar me hicieron—de mi madre y mi madrina,
de la leche que he mamado—y de la santa María!
—Yo te daré barco de oro,—trinquete de plata fina,
y siete moros mancebos—que te lleven a Castilla:
y si con esto no basta—iré en tu compañía.
—Haríamos mala pareja—oh mi hermana querida,
porque yo soy renegada—y tú mora convencida;
yo renegué con la boca—de corazón no lo hacía. 

miércoles, 5 de febrero de 2020

Romance de don Bueso,


Camina Don Bueso—la mañana es fría,
a tierra de Campos—a buscar la niña.
Hallóla lavando—en la fuente límpida.
—¿Que haces ahí, mora,—hija de judía?
¡Qué beba el caballo—que de sed moría!
—Reviente el caballo—y quien lo traía;
que yo no soy mora,—ni hija de judía.
Soy cristiana vieja—y aquí estoy cautiva
lavando los paños—de la morería.
—Si fueras cristiana,—conmigo vendrías
y de seda y paño—vestidos te haría;
pero si eres mora—te abandonaría.
La subió al caballo,—por ver que decía;
en las siete leguas—no hablara la niña.
Al pasar un campo—de verdes olivas,
sus quejas y lágrimas—el alma partían.
—¡Prados de mi tierra!—¡Prados de mi vida!
¡Cuando el Rey mi padre—plantó aquí esta oliva,
yo era pequeña,—era una chiquilla;
la Reina, mi madre—la seda torcía;
mi hermano Don Bueso—los toros corría!
—¿Qué dices pequeña? —¿Qué me dices, niña?
¿Es eso verdad —o es una mentira?
Dime pues tu nombre—de quién eres hija.
—Soy la que aquí ves,—soy la Rosalinda,
y así me llamaron—porque al ser nacida,
tenía en el pecho
una rosa prístina.
—Pues mira qué cosas,—¡mi hermana serías!
si son señas ciertas—las que comunicas.
Llegando a su casa—llegando a su villa,
daba grandes voces—y todos salían
a ver qué pasaba—a ver qué ocurría.
—¡Ábrame la puerta—mi madre querida
y preste atención—a lo que decía;
¡traer quise nuera,—tráigole su hija!
—Para ser tu hermana,—¡qué descolorida!
—¡Ay madre, qué injusta,—qué exigente y rígida;
que no tiene en cuenta—que yo no comía
más que amargas yerbas—de una fuente fría,
dó cantan las ranas—y los sapos silban.
Metióla en un cuarto—sentóla en la silla
y le encomendó—estar quietecita
mientras la miraba—de abajo arriba.
—Me cuesta trabajo—que seas mi hija,
mucho has cambiado—de abajo arriba.
—¡Mi jubón de grana,—mi saya querida,
que la dejé nueva—y la hallo hecha trizas!
se queja la moza—necia y consentida.
—Calla, hija, calla,—hija de mi vida;
que quien te la ha dado—otra te daría.
—¡Mi jubón de grana,—mi saya querida,
que te dejé nueva—y la hallo rompida!
—Pues vaya un capricho.—¡Esta hija mía…!
Aquí está tu madre,—que otra te echaría.
Caminó Don Bueso—uno y cualquier día,
a tierra de moros—a buscar la niña.

martes, 4 de febrero de 2020

LGTB, las nuevas costumbres.


¿Qué pensaremos de aquellos —que elegir sexo defienden
como se elige corbata —en los grandes almacenes?
Ya una rareza no son —y en los USA aparecen
padres que dan a sus hijos —fármacos e ingredientes
que la pubertad retrasan —y en la niñez los mantienen
para que puedan más tarde —decantarse libremente
(tales son sus argumentos —eso dicen que pretenden)
por el sexo que prefieran —y que más les interese.
Como aquellos cristianos —que el bautizo difieren
hasta que ya son adulos —y las canas aparecen.
El no hacerlo de ese modo, —aquellos padres sostienen
frente a sus adversarios, —tiene el inconveniente
de mantener a los hijos —en un sexo que no quieren
aunque la Naturaleza —pensado lo ha diferente.
La libre elección del sexo —al individuo compete.
Si has nacido varón —pero ser hembra prefieres
acudes a un cirujano —para que el asunto arregle
y una vagina provea —donde antes hubiera un pene
o un órgano viril  —si del otro sexo eres.
Tales milagros ocurren —cuando la Ciencia interviene,
pues Natura es imperfecta —y enmendarle conviene
la plana que ha escrito —solo atendiendo a los genes
sin que le importe una higa —lo que el individuo piense.
Todo el mundo es creador —puede hacer lo que le pete,
transformar machos en hembras —o hembras en otros seres
que el capricho les dicta —o la moda les sugiere
contra concierto y natura —le pese a quien le pese.
Bendita sea la Ciencia —que tales prodigios puede.
Nos igualamos a Dios, —ya levantamos Babeles
sin temor a que las lenguas —se confundan y entremezclen.
Ya rechazamos los límites, —ya no somos diferentes
los varones de las hembras, —y los pocos que disienten
de lo que dicta la moda —o que la Ciencia sugiere
aun siendo el mayor absurdo —que imaginar se pudiere,
son retrasados y ‘carcas’, —ignorantes, pobres gentes
que empecinados se empeñan —en ir contra la corriente.
Ya se imponen los debates —que únicamente conciernen
a una estricta minoría —de los sociales agentes,
bisexuales, transgénero, —lesbianas y otras sandeces
que se quiere hacer pasar —por progreso y ‘moderneces’.
Tan solo una minoría —de infelices burgueses
que no se aceptan cual son —y a disgusto se sienten
en la piel con que han nacido —y transformarla pretenden.
Transgenerismo lo llaman —los que el absurdo defienden.

lunes, 3 de febrero de 2020

El 'pin' parental.


Ya viene D. Pedro—de la guerra herido,
unos zorros hecho, —deshecho y jodido,
Malditas las guerras, —nunca hubiera ido
si nunca lo hubieran—por fuerza metido
diciendo la Patria—estaba en peligro.
¡Qué Patria ni leches! —Fue sólo el capricho
de los mandamases, —que haciendo su oficio
de plegarse al fuerte—sin decir ni pío,
a morir mandaban—a los sometidos.
Carne de cañón —¡nunca mejor dicho!
los miles que fueran —al cruel sacrificio,
la guerra en Marruecos—el pasado siglo.
Como ora lo hacían—aquellos políticos
que meter querian, —a la fuerza, he dicho,
en las testas jóvenes—un contrasentido,
puro disparate, —total desvarío.
Mas dejad comience—dónde está el principio.
Hubiera elecciones—y subiera al plinto
un nuevo gobierno—socialista dicho
que hacía bandera—de unos oprimidos
a los que erigía—en patrón y símbolo.
Lo que otrora fueran—unos pervertidos,
ya no era perversos—mas la norma y símbolo
de nuevas costumbres—de nuevos principios.
¿A quien se le ocurre—nombrar arquetipo
a quien hasta entonces—fuera un libertino?
Pues tal era el caso; —¡Están como un chivo!
A través de escuelas—y educativos
centros y colegios—inyectan el virus
diciendo a los jovenes—so pretextos dignos
que lo mismo da—ser un pervertido
el amante siendo—de tu sexo mismo.
Están como cabras—bien se hubiera dicho
de quien tal defiende;—¡La olla ha perdido!
Como reacción, —padres ofendidos
firmes se opusieron—a dejar que el hijo
fuera adoctrinado—en tal desatino
asistiendo inerme—a tales concilios.
Salió en su defensa—un nuevo Partido
que imponer propuso—como preventivo
de tales dislates, —leyes y caprichos,
el ‘pin’ parental, —que vetaba al niño
asistir a predicas—del nefando tipo.
Pusieron los otros—en el cielo el grito
porque según ellos—era libre el hijo
de escoger su sexo—a gusto y capricho
pese a que natura—lo ha establecido
de otra manera—ya desde el principio.
No compete al padre—tutelar al hijo
dijeron rotundos—sin dejar resquicio
a otro dictamen—que el aquí exhibido;
que debe aceptar—solo y desprovisto
lo que bien decida—contra el buen sentido
el poder vigente—y constituido.
Muchos se opusieron—al contrasentido,
mas la ley castiga—al que decidido
comulgar no quiera—ruedas de molino.
En esas estamos, —¡han enloquecido!





domingo, 2 de febrero de 2020

Romance de la esposa infiel

Amanecía en Chicago, —un día de San Simón,
cuando una esposa aburrida—se asomaba a su balcón,
para ver lo que pasaba —todo a su alrededor.
Se levantara dispéptica—porque la noche anterior
había cenado fuera—y tarde se recogió.
Estaba así lamentando —su escasa moderación,
cuando pasó un vihuelista—que una copla le cantó.
— ¡Sal al balcón, mi morena, —asómate, qué te dé el sol,
que necesitas el calcio —después de un exceso o dos!
Y tras cantarle la copla; —enhebran conversación.
—Mi marido no está en casa, —que por negocios salió;
por tanto estoy si os conviene—a vuestra disposición.
Tan pronto lo había dicho—el menda aquel lo aceptó
y se dispuso al momento —a dejar alto el pendón
como lo manda y ordena—la usual convención:
a una hembra que está en celo—nadie ha dicho nunca no.
Es al menos lo que afirma—de la nación el ‘folclor’.
Abriole ella la puerta—lo llevó a su tocador,
Se puso una negligée—y se entregó a su pasión.
Pasaron así tres horas—que instante les pareció,
Y satisfecho el deseo—a su lado él se durmió.
Mas mira que es mala suerte—el marido regresó
antes de tiempo a su casa—y el pastel descubrió,
lo que le supo a triaca—y mucho lo disgustó.
Que cuando uno se casa—quiere ser en exclusión
El solo gallo en la arena—sin ningún competidor.
Llama con fuerza a la puerta—y golpea el aldabón
con redoblada energía—fruto de la indignación.
Se ha levantado la esposa,—ha bajado al corredor
hasta la puerta de entrada —que abre ante el fragor
que ha armado el marido—presa de ira y furor.
—¿Por qué tardaste en abrirme?—¿No oíste acaso mi voz
que no admitía demora—tardanza ni dilación?
—Acaba ya tus berridos—que te oirá todo Dios
y pensará me maltratas—y acudirá en mi favor;
Me he demorado en bajar—para arreglarme mejor
y evitar que me vieras—sin peinar y en camisón;
que me tomaba un descanso—antes de la labor.
que a las mujeres señala—la arcaica tradición:
Mas puesto que ya has llegado—sube a mi habitación.
La encontrarás en desorden—me falta organización.
Espera a que me arregle—ten paciencia y comprensión.
—Oigo ruido en tu cuarto,—¿Quién anda con precaución
como si evitar quisiera—llamar de otro la atención?
—En mi cuarto no está nadie—es pura imaginación.
Siéntate un rato y descansa—tómalo con moderación.
Y dejándolo plantado—se fue a arreglar el follón.
—Has de marcharte de prisa,—dijo a su relación,
y sin que nadie te vea;—hazlo con prevención.
Si mi marido descubre—nuestra combinación,
buena la habremos hecho—no tendremos salvación,
Que nos ayuden roguemos—y nos muestren su favor
todos los santos que habitan—en la celeste mansión.
Hará un desaguisado—si no le queda otra opción.
Date prisa y espabila—y salta a ese callejón
que desde aquí se divisa—con cuidado y precaución;
de no romperte una pierna—y así llamar la atención
de quien pasa descuidado—absorto en meditación.
Así lo hizo el cuitado—y aprovechó la ocasión
para exhalar un suspiro—de alivio y mitigación,
pues peligroso es herir—de un marido el honor.
Mientras tanto aquel marido,—presa de la frustración,
aguantar ya no podía—tanta espera y dilación.
De modo que levantándose—se dirigió al comedor
donde halló puesta la mesa—para un convite de dos.
Confirmadas sus sospechas—a su presencia llamó
a la esposa que tardaba—allá en su habitación.
—¿Qué significa esta escena,—este almuerzo para dos?
¿Quién compartía contigo—esta mesa y refacción?.
Si no lo aclaras al punto—y me das explicación,
a fe que lo pagas caro—y armo un lío y follón.
Intimidada la esposa—no acierta a decir razón
Lo que al marido encabrita—y empuja a gritar traición.
Mas mientras tanto el amante —saltando por el balcón
Se había puesto a recaudo—y ya nada le pasó.
A partir de ese momento—los cuernos siempre exhibió
aquel marido burlado—al que la esposa engañó.
Que fuera una fementida—nunca a probarlo acertó.
En agua pues de borrajas—todo el asunto quedó.
Nadie salió malparado—y todo bien terminó.
En paz vivieron entonces—hasta que la hora les llegó
de abandonar este mundo—de rendir cuentas a Dios.
Impunes quedan los crímenes—que ninguno resolvió.
Que no recibe el culpable—siempre lo que mereció.
En este mundo vivimos—tal vez no lo hay mejor.
No queda pues que aceptarlo—tomar las cosas tal son.
Resignado os lo aconseja—vuestro humilde servidor.
Aquí paz y luego gloria—nos la dé buena el Señor.

sábado, 1 de febrero de 2020

Romance de las tres cautivas.

A la verde, verde,—a la verde oliva,
donde cautivaron—a mis tres cautivas.
El pícaro moro—que las cautivó,
a la reina mora—se las entregó.
¿Qué nombre les damos—a estas tres cautivas?
—La mayor Constanza,—la menor Lucía,
a la más pequeña,—llaman Rosalía.
—¿En qué emplearemos—a estas tres cautivas?
Constanza amasaba,—Lucía cernía,
y la más pequeña—a por agua iba.
Y un día de agosto—en la Fuente Fría,
estaba un anciano—que de ella bebía.
—¿Qué hace usted, buen viejo—en la Fuente Fría?
Mejor se abrigara,—por si se resfría.
—Estoy aguardando—a mis tres cautivas,
que me las robaron—un aciago día.
—¡Pues vaya, mi padre!—¡si yo soy su hija!
¿Quién hubiera dicho—que hoy lo encontraría?
La suerte nos toca—¡Vaya lotería!
Ya corro a decírselo—a mis hermanitas.
Y sin perder tiempo—al hogar volvía.
—Ya sabrás, Constanza,—ya sabrás, Lucía,
como he visto a padre—en la Fuente Fría.
Constanza lloraba,— Lucía gemía,
y la más pequeña—baza no perdía:
—No llores, Constanza,—no gimas, Lucía;
que en viniendo el moro—larga nos daría.
No contaran ellas—con la mora pícara,
que las escuchara—y otro plan tenía,
abrió una mazmorra—y allí las metía.
Mas llegado el moro—y la historia oída,
sin más las sacó—y les dio salida.
Todo volvió a ser—tal como solía. 
Ya todos felices—comieron perdices.