A
punto de dar las cuatro —de esta tarde de abril,
me
puse a darle vueltas —y vueltas en el magín
a la
cuestión hoy candente —del Reino Unido el Brexit.
¿Por
qué le ha dado al británico—por responder con un ‘sí’
a una
cuestión tan compleja —como la de decidir
si en
la UE quedarse—o de la UE salir?
Sin
saber las consecuencias—si la respuesta era un’sí’.
Que
fueron manipulados—es obvio, cabe decir;
que
los llevaron al huerto—tirados de la nariz,
Eso
nadie lo discute—ni el más tonto o cerril.
Les
pasaron por los morros—el ‘derecho a decidir’
Igual
que los catalanes—quieren a España escindir.
Con
ese capote rojo—se los llevó al redil.
¡Qué
derecho ni derecho! —¡Es un engaño, infeliz!
¿Es
que acaso no lo notas—que te quieren oprimir?
Si
abandonas la UE—serás más libre y feliz
Que
no lo eres ahora—antes de este Brexit.
te
dijeron los que mandan—para burlarse de tí.
Los
inmigrantes te quitan—el pan con el que vivir
y los
puestos de trabajo—serán menos para ti.
Oh, argumentos
falaces—que no podrán corregir
los
males de que padece—esta sociedad civil
y
cuyas causas remotas—están muy lejos de aquí.
En
puridad se reducen—a la actitud mercantil
de
las nuevas sociedades—que hoy nos toca vivir.
Caro
lo habréis de pagar—los que votásteis el ‘sí’,
Que
nada cambia veréis—y bajará vuestro PIB.
Cuando
caigáis en la cuenta—será tarde el repentir.
Hay
en el UK una clase—una clase directriz,
Que
os domina y maneja—a su querer y sentir.
Siempre
han mandado ellos—y siempre será así.
De
una parte los pobres—de otra parte los ‘rich’.
Con
una brecha profunda—que no podéis reducir
porque
el sistema es quien manda—sin poderlo discutir.
Cuanto
más grande la tarta—más migajas para tí.
Te
dicen esos hipócritas—sin una ceja batir.
Por
otro lado los otros—también se mofan de ti
Diciéndote
agoreros—lo mucho que vas a sufrir
Si se
imponen los que quieren—de la UE salir.
Para
alarmar al que vaca—indiferente al Brexit
Sin
que le importe una mierda—ese maldito Brexit
Sin
que le importe un comino—una iota ni un pelín,
Ese aderezo
a la moda—de platos hoy de postín
Atentos
pues a la Historia—si no queréis repetir
Los
errores cometidos—antes de este Brexit.
Se
dice que la Gran Guerra—fue una especie de Brexit,
Un
contubernio maligno—de esa malvada ‘elite’
Que
un peligro veía—en el triunfal resurgir
de la
Alemania de entonces—para el imperio ‘british’.
Los
que a la sazón mandaban—entre ellos Roberts Cecil
Armaron
una conjura—para tal triunfo impedir
Y con
arteras celadas—la llevaron a incurrir
En la
catástrofe aquella—para jamás repetir.
Aquel
conjurado dijera:—No podemos permitir
que
nadie le haga sombra—a nuestro imperio british.
Y fomentó
la masacre—que a todos hizo gemir.
|
jueves, 6 de febrero de 2020
Romance del Brexit
Romance del Conde Flor
A cazar
sale el Rey moro,—ya sale de cacería
una
mañana de agosto—antes de romper el día,
como
hacía el Gato Pardo—en su Sicilia nativa
cuando al
noble reemplazaba—la naciente burguesía;
lo ha
contado Lampedusa—con singular maestría
en obra
imperecedera, —en obra perenne y viva.
Se lo
encargara la mora,—que le trajera una cautiva
mejor si hija de Condes—o de Reyes de Castilla;
mejor si hija de Condes—o de Reyes de Castilla;
quién a buen árbol se arrima, —buena sombra lo cobija,
dice el refrán castellano—sin que
no lo contradigan.
Hallaron
al Conde Flor,—de vuelta de romería
a San. Salvador de Oviedo—y Santiago de Galicia;
en el trayecto al sepulcro—lo ha acompañado su hija
a San. Salvador de Oviedo—y Santiago de Galicia;
en el trayecto al sepulcro—lo ha acompañado su hija
que de
él no se separa—y va adonde él le diga.
Los
moros, sin más razones,—le exigen que se rinda,
pues lo
superan en número—por una gran mayoría,
a lo
cual él se niega—pues ni por pienso lo haría.
—Sea
como lo quieres—le dice aquella partida
de
desalmados guerreros—con la mayor sangre fría,
y sin
más contemplaciones—le quitan allí la vida,
ya la cabeza le cortan—y en un pozo la metían,
ya la cabeza le cortan—y en un pozo la metían,
porque
nadie la encontrara—ni de ella diera noticia,
mientras con piedras del campo—lo que quedaba cubrían.
En tanto que maniatan—a la infortunada hija
mientras con piedras del campo—lo que quedaba cubrían.
En tanto que maniatan—a la infortunada hija
y allí
mismo, sin más trámite, —de su libertad la privan,
que así
suele suceder—sin solución a la vista,
a quién
por su mala suerte —le toque ser ya la víctima.
La
meten en un navío—rumbo a la morería
y ya salen a la mar,—lo hacen a toda prisa
y ya salen a la mar,—lo hacen a toda prisa
porque
el hierro hay que mallarlo—mientras al rojo brilla.
La mora, desque lo supo—salió alegre a recibirla,
montada en caballo blanco,—y regiamente vestida,
La mora, desque lo supo—salió alegre a recibirla,
montada en caballo blanco,—y regiamente vestida,
que es
florón de los nobles—mostrar en todo cortesía.
La llevaron a palacio,—lloraba a lágrima viva
La llevaron a palacio,—lloraba a lágrima viva
porque
es duro nacer libre—y de pronto ser cautiva.
Encinta estaba la mora—la esclava encinta venía;
y lo quiso Dios del cielo—ambas parieron un día
Encinta estaba la mora—la esclava encinta venía;
y lo quiso Dios del cielo—ambas parieron un día
en que
los buenos augurios—fortuna y paz predecían..
La partera era una bruja,—malvada hada madrina,
La partera era una bruja,—malvada hada madrina,
y
atendiendo a su provecho, —por pedir al Moro albricias,
usando de malas mañas—cambió niño por niña;
entregó el niño a la Mora—y la niña a la cautiva.
La reina mora contenta,—levantóse al otro día:
la cristiana, acongojada—a los veinte aún no podía.
usando de malas mañas—cambió niño por niña;
entregó el niño a la Mora—y la niña a la cautiva.
La reina mora contenta,—levantóse al otro día:
la cristiana, acongojada—a los veinte aún no podía.
—Levántate,
tú, la cristiana;—ve a bautizar a esa niña,
como
mandan tus creencias—y te impone la doctrina.
Respondióle
la cristiana—bien oiréis lo que decía:
—¡Con
lágrimas de los ojos—la bautizo cada día!
respondióle
ella al momento—sin olvidar una sílaba;
si estuviera en mi tierra—eso es justo lo que haría
y le pondría el nombre—de una hermana que tenía
si estuviera en mi tierra—eso es justo lo que haría
y le pondría el nombre—de una hermana que tenía
allá
lejos en mi tierra, —en la remota Castilla;
se llamaba Blanca Flor,—igual que una margarita;
se llamaba Blanca Flor,—igual que una margarita;
pero un
día infortunado—en que a solas recogía
las
hierbas para lavarse—de san Juan la mañanita,
cayó en manos de moros—que la llevaron cautiva
cayó en manos de moros—que la llevaron cautiva
a do
viven los paganos—a tierras de morería.
—Diga,
diga, ¿esa tu hermana,—diga, que señas tenía?
—Tenía en el lado diestro—una verruga maligna,
y su pelo rubio y largo—hasta los pies la cubría
—Tenía en el lado diestro—una verruga maligna,
y su pelo rubio y largo—hasta los pies la cubría
como
según se nos cuenta—cubría a lady Godiva,
la
esposa legendaria—de un reino por allá arriba
en
donde reinan las brumas—y vivieron los druidas.
—Por esas señas, cristiana,—¡Eres tú la hermana mía!
Le echó los brazos al cuello,—llorando cual poseída,
—Por esas señas, cristiana,—¡Eres tú la hermana mía!
Le echó los brazos al cuello,—llorando cual poseída,
que
tales cosas suceden—muy raramente en la vida.
—Vete a la iglesia cercana—hoy transformada en mezquita,
—Vete a la iglesia cercana—hoy transformada en mezquita,
y por
tu propia mano,—bautiza pronto a esa niña,
porque
de no hacerlo así—al limbo ya la destinas
no sea
que se nos muera—lo que del cielo la priva
y la
condena a quedarse—en el limbo mientras viva.
Respondióle la cristiana:—¡Dudo que el rito valdría,
porque renegar me hicieron—de mi madre y mi madrina,
de la leche que he mamado—y de la santa María!
Respondióle la cristiana:—¡Dudo que el rito valdría,
porque renegar me hicieron—de mi madre y mi madrina,
de la leche que he mamado—y de la santa María!
—Yo te
daré barco de oro,—trinquete de plata fina,
y siete moros mancebos—que te lleven a Castilla:
y si con esto no basta—iré en tu compañía.
—Haríamos mala pareja—oh mi hermana querida,
y siete moros mancebos—que te lleven a Castilla:
y si con esto no basta—iré en tu compañía.
—Haríamos mala pareja—oh mi hermana querida,
miércoles, 5 de febrero de 2020
Romance de don Bueso,
Camina
Don Bueso—la mañana es fría,
a tierra de Campos—a buscar la niña.
Hallóla lavando—en la fuente límpida.
Hallóla lavando—en la fuente límpida.
—¿Que
haces ahí, mora,—hija de judía?
¡Qué beba el caballo—que de sed moría!
¡Qué beba el caballo—que de sed moría!
—Reviente
el caballo—y quien lo traía;
que yo no soy mora,—ni hija de judía.
Soy cristiana vieja—y aquí estoy cautiva
lavando los paños—de la morería.
que yo no soy mora,—ni hija de judía.
Soy cristiana vieja—y aquí estoy cautiva
lavando los paños—de la morería.
—Si
fueras cristiana,—conmigo vendrías
y de seda y paño—vestidos te haría;
pero si eres mora—te abandonaría.
La subió al caballo,—por ver que decía;
en las siete leguas—no hablara la niña.
Al pasar un campo—de verdes olivas,
sus quejas y lágrimas—el alma partían.
y de seda y paño—vestidos te haría;
pero si eres mora—te abandonaría.
La subió al caballo,—por ver que decía;
en las siete leguas—no hablara la niña.
Al pasar un campo—de verdes olivas,
sus quejas y lágrimas—el alma partían.
—¡Prados
de mi tierra!—¡Prados de mi vida!
¡Cuando
el Rey mi padre—plantó aquí esta oliva,
yo era pequeña,—era una chiquilla;
la Reina, mi madre—la seda torcía;
mi hermano Don Bueso—los toros corría!
yo era pequeña,—era una chiquilla;
la Reina, mi madre—la seda torcía;
mi hermano Don Bueso—los toros corría!
—¿Qué
dices pequeña? —¿Qué me dices, niña?
¿Es eso
verdad —o es una mentira?
Dime
pues tu nombre—de quién eres hija.
—Soy la
que aquí ves,—soy la Rosalinda,
y así me llamaron—porque al ser nacida,
tenía en el pecho—una rosa prístina.
y así me llamaron—porque al ser nacida,
tenía en el pecho—una rosa prístina.
—Pues mira
qué cosas,—¡mi hermana serías!
si son
señas ciertas—las que comunicas.
Llegando
a su casa—llegando a su villa,
daba
grandes voces—y todos salían
a ver
qué pasaba—a ver qué ocurría.
—¡Ábrame
la puerta—mi madre querida
y
preste atención—a lo que decía;
¡traer quise nuera,—tráigole su hija!
¡traer quise nuera,—tráigole su hija!
—Para
ser tu hermana,—¡qué descolorida!
—¡Ay madre,
qué injusta,—qué exigente y rígida;
que no tiene en cuenta—que yo no comía
que no tiene en cuenta—que yo no comía
más que amargas
yerbas—de una fuente fría,
dó cantan las ranas—y los sapos silban.
Metióla en un cuarto—sentóla en la silla
dó cantan las ranas—y los sapos silban.
Metióla en un cuarto—sentóla en la silla
y le
encomendó—estar quietecita
mientras
la miraba—de abajo arriba.
—Me
cuesta trabajo—que seas mi hija,
mucho
has cambiado—de abajo arriba.
se
queja la moza—necia y consentida.
—Calla,
hija, calla,—hija de mi vida;
que quien te la ha dado—otra te daría.
que quien te la ha dado—otra te daría.
—¡Mi
jubón de grana,—mi saya querida,
que te dejé nueva—y la hallo rompida!
que te dejé nueva—y la hallo rompida!
—Pues
vaya un capricho.—¡Esta hija mía…!
Aquí está tu madre,—que otra te echaría.
Caminó Don Bueso—uno y cualquier día,
a tierra de moros—a buscar la niña.
Aquí está tu madre,—que otra te echaría.
Caminó Don Bueso—uno y cualquier día,
a tierra de moros—a buscar la niña.
martes, 4 de febrero de 2020
LGTB, las nuevas costumbres.
¿Qué
pensaremos de aquellos —que elegir sexo defienden
como se
elige corbata —en los grandes almacenes?
Ya una
rareza no son —y en los USA aparecen
padres que
dan a sus hijos —fármacos e ingredientes
que la pubertad retrasan —y en la niñez los mantienen
que la pubertad retrasan —y en la niñez los mantienen
para que
puedan más tarde —decantarse libremente
(tales
son sus argumentos —eso dicen que pretenden)
por el
sexo que prefieran —y que más les interese.
Como
aquellos cristianos —que el bautizo difieren
hasta
que ya son adulos —y las canas aparecen.
El no
hacerlo de ese modo, —aquellos padres sostienen
frente
a sus adversarios, —tiene el inconveniente
de mantener
a los hijos —en un sexo que no quieren
aunque
la Naturaleza —pensado lo ha diferente.
La
libre elección del sexo —al individuo compete.
Si has
nacido varón —pero ser hembra prefieres
acudes a
un cirujano —para que el asunto arregle
y una
vagina provea —donde antes hubiera un pene
o un órgano
viril —si del otro sexo eres.
Tales milagros
ocurren —cuando la Ciencia interviene,
pues
Natura es imperfecta —y enmendarle conviene
la
plana que ha escrito —solo atendiendo a los genes
sin que
le importe una higa —lo que el individuo piense.
Todo el
mundo es creador —puede hacer lo que le pete,
transformar
machos en hembras —o hembras en otros seres
que el
capricho les dicta —o la moda les sugiere
contra
concierto y natura —le pese a quien le pese.
Bendita
sea la Ciencia —que tales prodigios puede.
Nos
igualamos a Dios, —ya levantamos Babeles
sin temor
a que las lenguas —se confundan y entremezclen.
Ya
rechazamos los límites, —ya no somos diferentes
los
varones de las hembras, —y los pocos que disienten
de lo
que dicta la moda —o que la Ciencia sugiere
aun
siendo el mayor absurdo —que imaginar se pudiere,
son
retrasados y ‘carcas’, —ignorantes, pobres gentes
que
empecinados se empeñan —en ir contra la corriente.
Ya se
imponen los debates —que únicamente conciernen
a una
estricta minoría —de los sociales agentes,
bisexuales,
transgénero, —lesbianas y otras sandeces
que se
quiere hacer pasar —por progreso y ‘moderneces’.
Tan solo una
minoría —de infelices burgueses
que no
se aceptan cual son —y a disgusto se sienten
en la
piel con que han nacido —y transformarla pretenden.
Transgenerismo
lo llaman —los que el absurdo defienden.
lunes, 3 de febrero de 2020
El 'pin' parental.
Ya viene D. Pedro—de la guerra herido,
unos zorros hecho, —deshecho y jodido,
Malditas las guerras, —nunca hubiera ido
si nunca lo hubieran—por fuerza metido
diciendo la Patria—estaba en peligro.
¡Qué Patria ni leches! —Fue sólo el capricho
de los mandamases, —que haciendo su oficio
de plegarse al fuerte—sin decir ni pío,
a morir mandaban—a los sometidos.
Carne de cañón —¡nunca mejor dicho!
los miles que fueran —al cruel sacrificio,
la guerra en Marruecos—el pasado siglo.
Como ora lo hacían—aquellos políticos
que meter querian, —a la fuerza, he dicho,
en las testas jóvenes—un contrasentido,
puro disparate, —total desvarío.
Mas dejad comience—dónde está el principio.
Hubiera elecciones—y subiera al plinto
un nuevo gobierno—socialista dicho
que hacía bandera—de unos oprimidos
a los que erigía—en patrón y símbolo.
Lo que otrora fueran—unos pervertidos,
ya no era perversos—mas la norma y símbolo
de nuevas costumbres—de nuevos principios.
¿A quien se le ocurre—nombrar arquetipo
a quien hasta entonces—fuera un libertino?
Pues tal era el caso; —¡Están como un chivo!
A través de escuelas—y educativos
centros y colegios—inyectan el virus
diciendo a los jovenes—so pretextos dignos
que lo mismo da—ser un pervertido
el amante siendo—de tu sexo mismo.
Están como cabras—bien se hubiera dicho
de quien tal defiende;—¡La olla ha perdido!
Como reacción, —padres ofendidos
firmes se opusieron—a dejar que el hijo
fuera adoctrinado—en tal desatino
asistiendo inerme—a tales concilios.
Salió en su defensa—un nuevo Partido
que imponer propuso—como preventivo
de tales dislates, —leyes y caprichos,
el ‘pin’ parental, —que vetaba al niño
asistir a predicas—del nefando tipo.
Pusieron los otros—en el cielo el grito
porque según ellos—era libre el hijo
de escoger su sexo—a gusto y capricho
pese a que natura—lo ha establecido
de otra manera—ya desde el principio.
No compete al padre—tutelar al hijo
dijeron rotundos—sin dejar resquicio
a otro dictamen—que el aquí exhibido;
que debe aceptar—solo y desprovisto
lo que bien decida—contra el buen sentido
el poder vigente—y constituido.
Muchos se opusieron—al contrasentido,
mas la ley castiga—al que decidido
comulgar no quiera—ruedas de molino.
En esas estamos, —¡han enloquecido!
|
domingo, 2 de febrero de 2020
Romance de la esposa infiel
Amanecía
en Chicago, —un día de San Simón,
cuando una esposa aburrida—se asomaba a su balcón,
para ver lo que pasaba —todo a su alrededor.
cuando una esposa aburrida—se asomaba a su balcón,
para ver lo que pasaba —todo a su alrededor.
Se
levantara dispéptica—porque la noche anterior
había
cenado fuera—y tarde se recogió.
Estaba así lamentando —su escasa moderación,
cuando pasó un vihuelista—que una copla le cantó.
— ¡Sal al balcón, mi morena, —asómate, qué te dé el sol,
que necesitas el calcio —después de un exceso o dos!
Estaba así lamentando —su escasa moderación,
cuando pasó un vihuelista—que una copla le cantó.
— ¡Sal al balcón, mi morena, —asómate, qué te dé el sol,
que necesitas el calcio —después de un exceso o dos!
Y tras
cantarle la copla; —enhebran conversación.
—Mi marido no está en casa, —que por negocios salió;
por tanto estoy si os conviene—a vuestra disposición.
—Mi marido no está en casa, —que por negocios salió;
por tanto estoy si os conviene—a vuestra disposición.
Tan
pronto lo había dicho—el menda aquel lo aceptó
y se dispuso al momento —a dejar alto el pendón
y se dispuso al momento —a dejar alto el pendón
como lo
manda y ordena—la usual convención:
a una hembra que está en celo—nadie ha dicho nunca no.
Es al menos lo que afirma—de la nación el ‘folclor’.
a una hembra que está en celo—nadie ha dicho nunca no.
Es al menos lo que afirma—de la nación el ‘folclor’.
Abriole
ella la puerta—lo llevó a su tocador,
Se puso
una negligée—y se entregó a su pasión.
Pasaron
así tres horas—que instante les pareció,
Y
satisfecho el deseo—a su lado él se durmió.
Mas
mira que es mala suerte—el marido regresó
antes
de tiempo a su casa—y el pastel descubrió,
lo que
le supo a triaca—y mucho lo disgustó.
Que
cuando uno se casa—quiere ser en exclusión
El solo
gallo en la arena—sin ningún competidor.
Llama con fuerza a la puerta—y golpea el aldabón
Llama con fuerza a la puerta—y golpea el aldabón
con redoblada
energía—fruto de la indignación.
Se ha
levantado la esposa,—ha bajado al corredor
hasta
la puerta de entrada —que abre ante el fragor
que ha
armado el marido—presa de ira y furor.
—¿Por
qué tardaste en abrirme?—¿No oíste acaso mi voz
que no
admitía demora—tardanza ni dilación?
—Acaba ya tus berridos—que te oirá todo Dios
—Acaba ya tus berridos—que te oirá todo Dios
y
pensará me maltratas—y acudirá en mi favor;
Me he demorado en bajar—para arreglarme mejor
y evitar que me vieras—sin peinar y en camisón;
que me tomaba un descanso—antes de la labor.
que a las mujeres señala—la arcaica tradición:
Mas puesto que ya has llegado—sube a mi habitación.
La encontrarás en desorden—me falta organización.
Me he demorado en bajar—para arreglarme mejor
y evitar que me vieras—sin peinar y en camisón;
que me tomaba un descanso—antes de la labor.
que a las mujeres señala—la arcaica tradición:
Mas puesto que ya has llegado—sube a mi habitación.
La encontrarás en desorden—me falta organización.
Espera
a que me arregle—ten paciencia y comprensión.
—Oigo
ruido en tu cuarto,—¿Quién anda con precaución
como si
evitar quisiera—llamar de otro la atención?
—En mi cuarto no está nadie—es pura imaginación.
—En mi cuarto no está nadie—es pura imaginación.
Siéntate
un rato y descansa—tómalo con moderación.
Y dejándolo
plantado—se fue a arreglar el follón.
—Has de
marcharte de prisa,—dijo a su relación,
y sin que nadie te vea;—hazlo con prevención.
y sin que nadie te vea;—hazlo con prevención.
Si mi
marido descubre—nuestra combinación,
buena la
habremos hecho—no tendremos salvación,
Que nos
ayuden roguemos—y nos muestren su favor
todos
los santos que habitan—en la celeste mansión.
Hará un
desaguisado—si no le queda otra opción.
Date
prisa y espabila—y salta a ese callejón
que desde
aquí se divisa—con cuidado y precaución;
de no
romperte una pierna—y así llamar la atención
de quien
pasa descuidado—absorto en meditación.
Así lo
hizo el cuitado—y aprovechó la ocasión
para exhalar
un suspiro—de alivio y mitigación,
pues peligroso
es herir—de un marido el honor.
Mientras
tanto aquel marido,—presa de la frustración,
aguantar
ya no podía—tanta espera y dilación.
De modo
que levantándose—se dirigió al comedor
donde halló
puesta la mesa—para un convite de dos.
Confirmadas
sus sospechas—a su presencia llamó
a la
esposa que tardaba—allá en su habitación.
—¿Qué
significa esta escena,—este almuerzo para dos?
¿Quién compartía contigo—esta mesa y refacción?.
¿Quién compartía contigo—esta mesa y refacción?.
Si no
lo aclaras al punto—y me das explicación,
a fe
que lo pagas caro—y armo un lío y follón.
Intimidada
la esposa—no acierta a decir razón
Lo que
al marido encabrita—y empuja a gritar traición.
Mas mientras tanto el amante —saltando por el balcón
Mas mientras tanto el amante —saltando por el balcón
Se había
puesto a recaudo—y ya nada le pasó.
A
partir de ese momento—los cuernos siempre exhibió
aquel
marido burlado—al que la esposa engañó.
Que
fuera una fementida—nunca a probarlo acertó.
En agua
pues de borrajas—todo el asunto quedó.
Nadie salió
malparado—y todo bien terminó.
En paz vivieron
entonces—hasta que la hora les llegó
de abandonar
este mundo—de rendir cuentas a Dios.
Impunes
quedan los crímenes—que ninguno resolvió.
Que no recibe el culpable—siempre lo que mereció.En este mundo vivimos—tal vez no lo hay mejor.
No queda pues que aceptarlo—tomar las cosas tal son.
Resignado os lo aconseja—vuestro humilde servidor.
Aquí paz y luego gloria—nos la dé buena el Señor.
sábado, 1 de febrero de 2020
Romance de las tres cautivas.
A la
verde, verde,—a la verde oliva,
donde cautivaron—a mis tres cautivas.
El pícaro moro—que las cautivó,
a la reina mora—se las entregó.
donde cautivaron—a mis tres cautivas.
El pícaro moro—que las cautivó,
a la reina mora—se las entregó.
¿Qué
nombre les damos—a estas tres cautivas?
—La
mayor Constanza,—la menor Lucía,
a la más pequeña,—llaman Rosalía.
a la más pequeña,—llaman Rosalía.
—¿En
qué emplearemos—a estas tres cautivas?
Constanza amasaba,—Lucía cernía,
y la más pequeña—a por agua iba.
Y un día de agosto—en la Fuente Fría,
estaba un anciano—que de ella bebía.
Constanza amasaba,—Lucía cernía,
y la más pequeña—a por agua iba.
Y un día de agosto—en la Fuente Fría,
estaba un anciano—que de ella bebía.
—¿Qué
hace usted, buen viejo—en la Fuente Fría?
Mejor
se abrigara,—por si se resfría.
—Estoy
aguardando—a mis tres cautivas,
que me
las robaron—un aciago día.
—¡Pues
vaya, mi padre!—¡si yo soy su hija!
¿Quién
hubiera dicho—que hoy lo encontraría?
La suerte nos toca—¡Vaya lotería!
La suerte nos toca—¡Vaya lotería!
Ya
corro a decírselo—a mis hermanitas.
Y sin
perder tiempo—al hogar volvía.
—Ya sabrás,
Constanza,—ya sabrás, Lucía,
como he visto a padre—en la Fuente Fría.
Constanza lloraba,— Lucía gemía,
y la más pequeña—baza no perdía:
como he visto a padre—en la Fuente Fría.
Constanza lloraba,— Lucía gemía,
y la más pequeña—baza no perdía:
—No llores, Constanza,—no
gimas, Lucía;
que en viniendo el moro—larga nos daría.
No contaran ellas—con la mora pícara,
que en viniendo el moro—larga nos daría.
No contaran ellas—con la mora pícara,
que las
escuchara—y otro plan tenía,
abrió una mazmorra—y allí las metía.
Mas llegado el moro—y la historia oída,
abrió una mazmorra—y allí las metía.
Mas llegado el moro—y la historia oída,
sin más
las sacó—y les dio salida.
Ya todos felices—comieron perdices.
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