jueves, 23 de enero de 2020

Romance de la infantina


La infantina estaba enferma,—llena de melancolía,
porque no quieren casarla—con el Conde de Almaviva. 
—Cuando te quise casar—con el Conde de Almaviva,
me dijiste que eras joven—y que no tenías prisa;
y de pronto has cambiado—y otra cosa maquinas.
A ver quién te entiende, muchacha—a ver quién te atura, hija.
A la sazón pretextaste—ser todavía muy niña.
Cambias ahora de opinión,—nadie a tu mano ya aspira.
Bien empleado te está—por mudable y tornadiza,
por caprichosa y volátil—por vana y antojadiza.
Hay que cogerlas al vuelo—las ocasiones, chiquilla.
No vuelven nunca dos veces—hay que tragar la pastilla.
—Cáseme usted, padre mío,—no me predique homilías,
no estoy ya para esos trotes—y la cosa corre prisa;
que otras hembras de mi tiempo—mantienen casa y familia
y no es razón que lo vea—desde, digamos, la orilla,
para vestir santos quedo—si no se toman medidas,
percance que me disgusta—la mar y me contraría
más que pudiera pensarse—y más que nadie imagina.
Quiero casarme, mi padre—y quiero hacerlo deprisa.
—Pues en un brete me pones—no sé qué hacer, hija mía,
ya me dirás cómo enfrento—la situación conflictiva.
—Mandad al conde recado,—y que venga al mediodía
para comer con nosotros—y sin poner cortapisas;
a los manteles alzados—diréisle de parte mía
que acabe con su mujer—y case con la Infantina.
Mandólo llamar el Rey—envióle una misiva
por manos de mensajero—que vuela más que camina.
—Presentaos en la corte—no es traidor quien avisa,
que con urgencia he de hablaros—evitad las evasivas.
Apresuraos a hacerlo—o incurriréis en mi ira.
Apresuróse el buen conde—a hacer cual se le pedía
y en menos que canta un gallo—a la puerta aparecía:
—Aquí me tenéis, buen Rey,—decidme qué me queríais.
—Que mates a tu mujer—y cases con la Infantina.
—No es verdad lo que oigo—es solo la fantasía
de una mente que no rige—que no conoce medida.
¿Cómo queréis que lo haga,—tal disparate y folía?
No estáis en vuestros cabales—sois presa de la manía.
—Mata conde a tu mujer,—o te costará la vida.
Mis órdenes no se discuten—nadie en hacerlo vacila.
Dejó el Conde el palacio—y para su casa iba;
ardiendo en rabia y furor—con más pesar que alegría.
Su mujer está a la puerta—a recibirlo venía,
y se parece a una estrella—que sale de amanecida.
—¿Qué te quería el buen Rey,—a qué la llamada y cita?
—Lo que quería el buen Rey,—es disparate y folía;
me manda que te de muerte—y case con la Infantina.
—¿Cómo me vas a matar,—a mí, tu esposa legítima?
—Está la sentencia dada,—será la tuya o la mía.
—Matarme así, por las buenas,—sólo eso faltaría,
Puesto que el Rey está loco —puesto que así se empecina
en salirse con la suya—sin atender a la mía,
se impone hallar la manera—de encontrar una salida,
de darle gato por liebre—de hacerlo a la calladita.
Envíame lejos de aquí,—a do mis padres habitan,
para que el rey se lo crea—que ya estoy muerta y no viva;
no temas que no te ame;—como siempre te querría;
hasta la muerte he de amarte—no te amará la infantina.
—Calla, importuna mujer, —cállate, por vida mía,
que hablas más que razonas—y en lo importante no atinas;
Nuestra sentencia está dada—será la tuya o la mía;
vacilaciones no admite—no me cabe que cumplirla.
—Menudo conde estáis hecho—menudo conde, a fe mía,
que a las órdenes se pliega—de un maníaco homicida.
Mas que estáis determinado—a hacer tal villanía,
dejadme al menos que rece,—antes de entregar la vida.
—Decid presto la oración—no os demoréis en decirla,
que dando al asunto largas,—primero amanecería.
—No será larga, os prometo,—pues que os entra la prisa,
no durará un santiamén—jamás más breve no habría.
Encomendóse la pobre,—a Dios y a santa María,
rogó a todos los santos—que más influencia habían,
y rematólo diciendo—¡Valedme, oh madre mía!
Tras de lo cual mansamente—se entregó como víctima.
Echóle un pañuelo al cuello,—el conde, uno de batista,
y agarrándolo a dos manos—lo apretó cuanto podía;
al tiempo que así rezaba—y arrepentido decía:
—«¡Válgame el Rey de los Cielos,—gloriosa Santa María!
que si hago lo que hago—lo hago en contra mía».
No dijera estas palabras—que el paje del Rey venía
a decirle de su parte—lo que a seguir le decía:
—«No mates a tu mujer,—que la diñó la Infantina;
ya está en el cielo y ya goza—las maravillas divinas».
Que son cosas que suceden—absurdo tal e injusticia.

miércoles, 22 de enero de 2020

Romance de la aldeana


Érase un lunes cualquiera, temprano por la mañana,
que al lavadero se iba—diligente la aldeana,
una canción en los labios—una sonrisa en la cara,
a comenzar la labor—y para hacer la colada
de la gente del castillo—y lavar su ropa blanca.
Siendo una mujer humilde—era lo que le tocaba,
servir a los poderosos—mostrarse modesta y mansa.
Acabada la tarea,—también se lavó la cara;
le quedó resplandeciente—que nunca igual se mirara.
De lo alto de la almena—el buen Rey la avizoraba
y sin poder resistirse—a quién lo galvanizaba,
directo le había dicho—sin andarse por las ramas
ni detenerse en detalles—ni gastar pólvora en salvas:
—Muchacha de mis amores,—quiero llevarte a mi cama
que estás más buena que el pan—y me han entrado las ganas
de darme un buen revolcón—esta preciosa mañana.
—No lo dudo, señor mío—ni me sorprende o extraña,
más de una vez me lo han dicho—con insistencia que harta;
me sucede con frecuencia—y a menudo me pasa,
que se enamoren de mí—sin que yo entre por nada;
mas un detalle se opone, —no sé si por mi desgracia,
que ya no estoy disponible—puesto que ya estoy casada
y el adulterio prohíben—las leyes que hogaño mandan.
El Dios del cielo no quiera,—ni su madre soberana,
que yo traicione a mi esposo—a quien quiero y que me ama.
Trajera el cuento a la Reina,—una criada chivata,
y convocó ella al Conde—a venir a visitarla.
Le ofreció un banquete—carne y vino en abundancia,
y al levantar los manteles,—le abrió de este modo el alma:
—Matad, conde, a la aldeana;—id, andad y matadla,
puesto que el sueño me quita—y ojo no pego en la cama.
—Perdonadme mi señora—que al instante no os complazca,
mas no lo haré sin motivo—sin saber antes las causas.
¡No la mataré, señora,—si la cosa no se aclara!
—De seguir ella viviendo—seré yo una mal casada,
que a mi esposo le gusta—y yo no puedo hacer nada.
Ante reales razones—no cabe que la testa baja.
Sin decir oste ni moste,—volvióse el Conde a su casa
y a su presencia llamó—a la infeliz aldeana.
—Ven acá, perra traidora,—hoy vas a pagarlas caras
porque le gustas al Rey—y la Reina no lo traga.
Antes de que amanezca—has de morir degollada;
ella me ha dado la orden—y he de cumplir lo que manda.
—Si con razón se lo hiciere,—no hubiera yo de objetarla,
mas si el deseo es injusto—otro gallo le cantara.
Hacer no me dejaré—sin protestar y armarla.
De tres hijas que tenía,—llamara a la mas galana.
—¿Qué quiere usted, madre mía;—qué quiere usted o me manda?
—Quiero, hija querida,—que prepares mi mortaja,
porque por orden del rey,— seré muerta ajusticiada.
Recogerás mi cabeza,—no más entregada el alma,
la pondrás en una fuente—con perejil aliñada,
para al Rey ofrecerla, —para al Rey presentarla.
Sentado el Rey a la mesa,—la niña se presentaba.
—«Dios os salve, mi señor».—«Bien venida, hija galana».
—Os traigo aquí este regalo—que mi madre os enviaba.
¡Qué siente bien a la Reina,—para mí esta ofrenda amarga!
Murió la humilde primero,—y la Reina sin tardanza.
Que a hierro muere, se dice, —aquel que a hierro mata. 
En la mujer son los celos—de doble filo una arma.

lunes, 20 de enero de 2020

Romance de Don Felipe

Estaba un día un buen viejo, sentado tomando el sol, cuando supo se anunciaba guerra y confrontación.
—Se preparan a matarse, a sembrar duelo y horror, y deploro que la edad me condene a la inacción, pues que en las venas me arde la sangre y la excitación. 
Caminaba hacia su casa y echaba una maldición: —¡Malhayas tú, esposa mía, y nunca tengas perdón, por parir a siete hijas y no parir un varón.
La más joven de entre ellas, tal maldición no sufrió y llevándole la contraria a su padre se enfrentó. —No la maldigas, mi padre, ni caigas en el error de creer que por ser hembra valgo menos que un varón.
Valgo tanto o más que ellos, no tolero oposición, y demostrarlo me cabe si se me ofrece ocasión. Yo partiré a esta guerra vestida como un garzón.
Compradme pues padre mío el equipo de un varón; dadme las armas al caso y un caballo veloz, que sabré dejar bien alto el belicoso pendón.
—Conoceránte en los ojos, hija, que muy bellos son.
—¡Que no me admiren por bella, mas por salvaje y feroz!
—Conoceránte en los pechos, que ya abultan un montón.
—¡Mis femeninos encantos, no atraigan la admiración!
—Conoceránte en los pies, por la su talla inferior.
—Calzaré botas de cuero bien rellenas de algodón.
Ponedme un nombre, mi padre,—acorde a mi condición.
—Te llamarás don Felipe, —que así me llamaba yo.
Ya en medio de la tropa,ninguno la conoció, si no es el hijo del Rey, que d’ella s’enamoró.
—Tal caballero, mi madre,—doncella me pareció. —¿Qué os lo hizo pensar;—qué que la duda sembró?
—Su modo de comportarse y su talante en la acción, un no sé qué en sus maneras, que llevan a confusión. El colocarse el sombrero y el ceñirse el cinturón, sus pantalones bordados y lo dulce de su voz
—La invitaréis, hijo mío, a ir de compras con vos; si como decís es hembra, lo hará sin vacilación.
El caballero es discreto—resistió a la tentación y en vez de comprar vestidos—un puñal les prefirió.
—El mirar de Don Felipe—es de las almas ladrón.
—La invitaréis, hijo mío, a ir al lecho con vos; si como decís es hembra, no lo hará de sopetón.
El caballero es discreto, huyó la contestación. —El mirar de Don Felipe es cual del alma un ladrón.
—La invitaréis, hijo mío, a disparar un cañón. Si como decís es hembra, le disgustará el fragor.
El caballero es discreto, rompe a decir ¡voto a Dios! —¿Qué os sucede, Felipe, que juráis como un matón?
—Que han dado muerte a mi padre y mi madre enviudó: con armas no homologadas y compradas de ocasión.
Quiero salir a vengarlo, he de encontrar al felón culpable de la masacre, alevosía y traición. Os pido me deis licencia, para tomar vacación.
—Cuenta con ella, Felipe,—es sabia tu decisión. Coge el caballo más ágil,—sal a cumplir tu misión y no regreses sin antes—haber lavado el baldón.
Falta no hizo insistir—repetir la invitación.
Va por las cuestas arriba—corre como un ciclón, mientras por la cuesta abajo no lo alcanzara un tifón.
—Adiós, adiós, camaradas,—colegas del ardua labor; siete años he servido la enseña de la nación y otros siete la sirviera sin cambiar pabellón de haber tenido la suerte de nacer macho y varón.
Oyóla el hijo del Rey—oyó su declaración, y del amor empujado salió en su persecución.
Llegada ella a su casa,—la recibió una ovación de los allí reunidos, la oveja al redil volvió.
Pide la rueca a su madre y se pone a la labor como si nada cambiara desde el día en que marchó.
—Deja la rueca, Felipe,—va contra tu vocación de belicosas hazañas, matanzas, sangre y fragor; vuelve a causar sufrimiento; que no te arredre el dolor que dejas por donde pasas, ni sientas la contrición de aquel que se arrepiente si una vez delinquió. Sostenella y no enmendalla, así lo exige el honor. 
Tu enamorado te busca, lo enloquece la pasión que en él has despertado, y no le queda otra opción que perseguirte sin tregua hasta hallar solución; el amor todo lo vence, nada resiste al amor.

Romance de santa Catalina y el marinero

                          
Por el jardín del palacio—se pasea una chavala, vestida de azul y blanco,—como la moda lo manda, es Catalina, que un día —con tal nombre la crismaran.
Su padre era un perro moro, —su madre, una renegada; con una vara de mimbre—ambos a dos la azotaban, tanto si lo merecía—por haber hecho trastadas, como por puro capricho—y darle la real gana.
—Oh, padre, no me castigue, —Catalina le imploraba, que soy cristiana devota—y con Cristo estoy casada; maltratar a sus esposas—no es cosa que nadie haga; si Él se lo propusiera—usted las pagara caras.
Subióse por las paredes—el moro aquel ante el trágala y a escarmentar se dispuso—a la hija deslenguada.
Para empezar una rueda—de púas toda erizada, mandó se hiciera al instante—para por ella pasarla, y para darle tormento—y lo que aun se terciara.
Estando ella en la rueda—medio muerta y acabada, hecha un pingajo sangriento—y a punto ya de palmarla, hete que se le aparece—del cielo un ángel que baja, y que le entrega sin trámites—una corona y la palma del martirio, como es fuerza—que con un mártir se haga, y que la invita a subirse—al cielo sin más tardanza donde la espera su esposo—que Jesucristo se llama.
Obedeció Catalina—como una buena mandada, sin decir oste ni moste—ni más pronunciar palabra.
En aquel mismo momento—se desató una borrasca de viento, rayos y truenos—que la mar alborotaban y lanzaban por la borda—los marineros al agua que a punto ya de ahogarse—a Catalina llamaban, patrona en cosas del mar—la autoridad la nombrara.
Ella se presenta al punto—no se hace la remilgada, y como otro en su lugar—quiere sacar su tajada: —¿Qué me das marinerito—a cambio de lo que haga?
—Mis tres navíos te doy—repletos de oro y de plata, y mi mujer que te sirva—y mi hija por esclava.

—No quiero tus tres navíos—ni tu oro ni tu plata; ni tu mujer que me sirva—ni tu hija por criada: son cosas que allá en el cielo—donde tengo mi morada, de nada valen ni importan—ni a nadie sirven de nada; solo quiero que en muriendo—te des a mí en cuerpo y alma, a mi servicio te pongas—lo que yo te mande hagas.
Ni lo sueñes, Catalina—por mucho que seas santa, el alma la entrego a Dios—el cuerpo a la fosa ancha, y si me queda algo más—para  la Iglesia sagrada. No me pidas goyerías—por peteneras no salgas, conténtate con lo que tienes—mejor es algo que nada; vuelve al cielo, que es lo tuyo—canta a Dios sus alabanzas, no te metas en honduras—y ni del tiesto te salgas, que cada uno a lo suyo—es lo que cordura manda. 

viernes, 17 de enero de 2020

Romance de Jesuino

—Jesuino, Jesuino,—joven de todos querido:
 dime que quieres a cambio—para ser mi prometido.
 —No otra cosa deseo,—heme aquí pronto y listo.
 pedid por esa boquita,—haced vuestro el gusto mío.
 y para no perder tiempo,—hagámoslo de corrido.
 —Que me place, hombre apurado,—venid al lecho conmigo,
 que horas que pasan ociosas; —son puro tiempo perdido,
 y de este modo curioso—fue el asunto concluido.
Se solazaban los dos—sin bulla hacer ni ruido
cuando el padre de la joven—los sorprendió de improviso
con las manos en la masa—pecando de lo más lindo,
quedó el buen hombre del choque—atónito y sorprendido.
y de primera intención—no supo tomar partido,
mas recobrado el aliento—y viendo a los dos dormidos.
dejó para otra ocasión—la punición y el castigo.
Primero hay que pensarlo,—sentado a solas se dijo
que lo que aprisa se hace—de la culata es el tiro.
Mientras tanto los dos jóvenes—ajenos a lo ocurrido
se la pasaban en grande —y gozaban de lo lindo;
dejando a un lado las penas—la contrición y el conflicto.
A cada día lo suyo;—no se impone el anticipo;
no hay que dolerse a destiempo—de algo aún no sucedido.
Bendito sea el filósofo—que nos deja así tranquilos.
Pero el padre de la moza—no era de su mismo aviso,
y buscándole remedio—al baldón sobre él caído
se preguntaba qué hacer—el ánimo dividido,
¿Perdonarlos sin más trámite—dando la cosa al olvido,
o sin tardanza aplicarles,—que fuera ejemplo un castigo?
Y se arrancaba los pelos,—en el dilema cogido.
Vino a sacarlo de él—cual un milagro divino.
un expediente dichoso—jamás a nadie ocurrido:
hacer que yacieran juntos—el uno al otro unidos.
hasta hartarse de la cosa—y pedir tregua y respiro
Que el mucho dulce empalaga—y hay que tomarlo a poquitos,
No se sabe si aquellos dos—la Historia no nos lo ha dicho,
aprendida la lección—y recobrado el sentido
fueron más sabios después—atentos y comedidos
sin excederse en el goce—ni sin pasarse en el rijo.
Aquí paz y luego gloria,—a todos deseo y digo,
que piensen antes de obrar—y entrar por el mal camino. 

Romance de la joven insaciable


Estaba Juana en la playa—en su toalla tendida
bronceándose la espaldadándose la buena vida,
cuando un ligón se acercó,—a ver lo que conseguía,
echarse un polvo de gratisuna aventura a la lista
añadir como un don Juan—Tenorio de nuestros días.
Una proeza de machoy una fácil conquista.
—¿Quieres que crema te ponga, —te dé un masaje y te diga
lo buena que me pareceslo muy cachonda y maciza?
No te me hagas la estrechaque conmigo no valdría,
tengo experiencia en la cosa—y mas conchas que tendría
un galápago en la costa, —un galápago en las islas
que llevan su mismo nombre—, para que no se diga;
aprovecha la ocasión—de darte el lote, querida
que las oportunidades—a una calvas las pintan.
¡Jesús, qué bruto es el hombre—¡la madre que lo paría!
Debiera el tal controlarse—y frenar su acometida
que no somos las mujeres—más putas que las gallinas
como asegura el folclore—y como el vulgo lo afirma;
que somos seres humanos—a los que el deseo anima
de verse tan respetadoscomo cualquier un usía.
Hay que enseñarle maneras—y que las lleve aprendidas
para evitar las olvide—y su conducta repita.
—Claro que quiero, muchacho—y todo lo que tú digas,
que es un acierto evitar—las ocasiones perdidas,
de nuevo no se presentan—yerra el que las desperdicia.
Ponte al avío, por tanto—no te demores, aviva,
ya que complacerme quieres—no seré yo quien lo impida.
No vio el engaño el mancebo—la trampa que le tendía,
cayó de cabeza en ella—como un pájaro en la liga,
que así paga el imprudente—su inoportuna osadía,
sus avances no pedidos—sus bruscas acometidas.
Úntame por los dos costados,—dame friegas, espabila:
no te aburras ni te enfríes,—no cejes en lo que hacías,
que insaciables las hembras—nunca reconocerían
que están al fin satisfechas—contentas y agradecidas;
en cambio por el contrario—solo te amargan la vida
pidiendo más sin descanso—imposibles gollerías,
que olvides tus intereses, —que solo para ellas vivas.
para tenerte las riendas—sin caprichos ni derivas,
acusándote sin cese—de impotencia y cobardía
pues incapaz te demuestras —de hacer lo que prometías.
¡Ay del que cae en sus redes!—¡Ay del que atiende a sus iras!
No tendrá paz ni reposo—hasta el final de sus días.
Aquel ligón imprudente—con la lección aprendida
rabo entre piernas se fue—la cresta baja y caída
y para no recaer—ni repetir la partida,
se hizo gay de repente—para el resto de su vida.
Tales son las consecuencias—de la ignorancia atrevida.



miércoles, 13 de febrero de 2019

El sentimiento de culpa


Ayer he visto en YouTube el documental del historiador francés Alain Decaux acerca de una mujer del siglo XVII, la marquesa de Brinvilliers. Marie Madeleine Marguerite d'Aubray envenenó a su padre, a sus dos hermanos y a su doncella. Y pensó en hacerlo también con su hermana y su cuñada. A los 5 años se masturbaba, se lo habían enseñado, a los 6 la habían desvirgado y a los 10 la violó su hermano mayor. A los 17 sabía leer y escribir correctamente, lo que era rarísimo en una mujer de aquel tiempo, y a los 21 se la casó con Antoine Gobelin de Brinvilliers, que pronto la dejó por otra. Tuvo varios amantes y se enamoró de Godin de Sainte-Croix, capitán de caballería, para disgusto del padre, que no quería una hija adúltera en la familia. Para probar la eficacia del veneno, acudía a los hospitales y envenenaba a los pacientes. Después de darle tormento, la decapitaron y quemaron sus restos.  Era el siglo del Rey Sol.  Lo que me ha llamado la atención fue el hecho de que cuando estaba en el que podríamos llamar corredor de la muerte de aquella época, la visitaba un capellán que la incitaba a reconocerse culpable y arrepentirse. Una y otra vez le preguntaba ¿te sientes culpable de los horribles crímenes que has cometido? Y ella una y otra vez le respondía ¿culpable? No ¿por qué? Pero él no cedía y a fuerza de insistir ella acabó reconociendo que era poco menos que un monstruo. Y esto me trajo a la memoria otros casos parecidos. Hace ya algún tiempo el cineasta Claude Lanzmann retrató en los seis episodios de SHOAH lo que fue vivir en la Alemania de Hitler y como el protagonista va cambiando lentamente desde su posición inicial de admirador decidido del régimen hasta la de la aceptación y reconocimiento de que aquello era un horror. En uno de los episodios el entrevistador habla con el jefe de una de las estaciones por donde pasaban los trenes que iban a Auschwitz y le pregunta si él sabía qué estaba sucediendo y si se reconocía culpable de haber dado paso libre a los convoyes. Como el hombre se escabullera y evitara responder directamente a la pregunta, el otro insistía e insistía hasta hacerle decir disculpándose ¿y qué podía yo hacer? Si me hubiera opuesto, me hubieran mandado a mí al campo. La película The reader refleja un caso más. Terminada la II guerra mundial una mujer es llevada a juicio por haber participado en el asesinato de la población de una aldea. Los SS habían encerrado a hombres, mujeres y niños en una iglesia y la habían incendiado. También los que la acusan pasan por alto otras circunstancias y una y otra vez le preguntan si no se siente culpable de la masacre, a lo que ella responde con evasivas hasta que la obligan a disculparse. Finalmente se suicida en la celda. Y aun más. También terminada la guerra entrevistan a una mujer que había participado en la defensa de Stalingrado y cuando ella dice al periodista que los soldados rusos ocultos en las ruinas estaban al acecho de algún soldado alemán que se descuidara para abatirlo de un balazo como a un conejo, él le pregunta ¿y qué sentía usted? ¿Sentía usted compasión? A lo que ella responde ¡qué va! nada de compasión ni piedad, al contrario, orgullo y satisfacción. Y como él insistiera y le hablara de aquellos pobres jóvenes que morían allí ante sus ojos lejos de sus hogares, ella le responde al fin ¡nadie les pidió que vinieran, nosotros no los llamamos! Lo que tienen de común estos casos y me ha sorprendido es ese empeño a todas luces intencionado de los jueces, cineastas o periodistas en llevar a los entrevistados a entonar el mea culpa cuando está a la vista que no pudieron hacer otra cosa que lo que hicieron pues fueron simples peones de un juego que otros jugaban. Me hacen pensar que hay algo escondido, que hay como un acuerdo en hacerlo así y no de otra manera, lo que, si tal es el caso, no llego a comprender.